Creer, confiar, pensar que pueden ser como tú, buenos de corazón, transparentes, sin ocultar nada tras sus rostros. Rostros que luego resultan ser máscaras, siniestras, que esconden personas llenas de terror, horror.
¿Por qué confiar en esos que reflejan una imagen que no es la suya? ¿Por qué dar oportunidad a aquellos que menos la merecen?
¿Aprenderemos de nuestros errores o seguiremos cometiéndolos hasta que tropecemos por octava, novena o incluso décima vez con el mismo conflicto?
Seguiremos sintiéndonos mal, con nosotros mismos por creer, con ellos, los que mienten y falsifican su identidad, por no vivir su vida, si no la de otro más.
Tener la misma ilusión, llevarla contigo, compartirla y que te la arrebaten como si solo fuera un caramelo, uno que no puedes volver a encontrar.
No. No es fácil, una vez que se pierde es difícil volver a soñar. Ya no aparece, no despierta, duerme por temor a volver a sentir, para que nuevamente vuelvan a dañarla como si de una mota de polvo se tratara.
Abre los ojos, mira, observa más allá de los rostros que puedas contemplar. Mira a través de las personas, mira su alma, descifra su rostro, su forma de amar.
Así, poco a poco, después de tantas mentiras, heridas, decepciones, terrores… dejas de ser tú. Tú te has ido, no volverás. Ahora debes reiniciar tu vida, pero nunca igual, no podrás.
